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Collaborations

El día en que se paró el mundo en las calles había tiempo y silencio.

Este día del que hablo no fue un día concreto, fue un día suspendido en el tiempo que se fue trasladando de un lugar a otro. Este traslado hacía que el suceso estuviera inmerso en una paradoja temporal: el presente de unos lugares era el futuro de otros.

Aquí llegó un día de verano en Marzo. De la noche a la mañana, las ciudades de millones eran pueblos de cientos. Pueblos a la hora de la siesta. Las calles se quedaron desiertas. Todo sucedía en las casas. En las calles sólo quedaron farmacias, tiendas de comida y hospitales. Las casas se convirtieron en colegios, oficinas, teatros, discotecas, salas de baile, gimnasios y un largo etcétera. En las calles se hicieron visibles los que hasta ese momento habían habitado los márgenes, dejando visible una realidad: que para poder cumplir, para poder ser ciudadanxs responsables había que tener acceso a dos bienes básicos, una casa y agua corriente. Que algunas casas no eran seguras y otras eran minúsculas. Que no es lo mismo una casa de veinte metros cuadrados siendo cuatro personas que una casa con jardín. Que algunos no sólo tenían una casa, sino dos, tres o tropecientas. Que muchos de los que tenían varias casas lo primero que hiceron fue huir. Que había gente con muchos más privilegios y gente con mucha más miseria. Ya no se podía mirar simplemente hacia otro lado. A través de la drasticidad la realidad hablaba. Y todo lo que antes había permanecido oculto tras el frenesí de la vida urbana se hizo presente, revelando los pilares, la estructura que lo hacía posible y que antes no se quería ver: lo básico. Lo básico de repente se hizo lo más importante. Lo básico y las personas que sustentaban lo básico. Se hablaba de los cuidados, de las que cuidan, de lxs velan por la salud de lxs otrxs, las que limpian, los que reparten, los que abastecen. El pueblo salva al pueblo.

El día en que se paró el mundo la gente vió por primera vez las caras de sus vecinos de enfrente o de al lado o del otro extremo de la calle, con quiénes tenían una cita diaria para aplaudir desde el balcón a lxs que cuidaban lo básico. Y hablaron con gente con la que nunca antes habían hablado y con gente a la que querían, todos los días, dándose ánimos. Hay vida más allá de la propia prole. De repente empezaron a valorar cosas que antes se daban por hecho y que la costumbre había borrado, como el transitar libremente y el poder abrazar. En los confines confinados del aislamiento se hallaron lxs unxs a lxs otrxs, recordándose que estaban unidxs en algo común, lo cual no dejaba de ser paradójico, irónico y alarmante.

Había voces que decían que ellxs habían estado siempre ahí y que es bastante triste acordarse sólo de santa bárbara cuando truena y de eso de que siempre hay que estar a punto de perderlo todo, la vida, para acordarse de lo que es importante. Y que sí que estaban agradecidxss por la euforia balconera, porque qué duro era inmunizarse ante el dolor e intentar poner una sonrisa y ser amable con lxs vivxs cuando se te acaba de morir alguien en la habitación de al lado. Pero que habría sido mejor no estar haciéndose lxs héroes en unas condiciones laborales de mierda.

Desde ese día todos, absolutamente todxs, escucharon, vieron, hicieron algo relacionado con eso de la cultura, y los artistas y todo el mundo que se dedicaba a algo relacionado con eso, en un acto de generosidad, compartieron sus quehaceres y creaciones para hacer más llevadero el confinamiento mientras, a su vez, se preguntaban cómo cojones iban a pagar el alquiler para poder ser ciudadanos responsables. Algunxs llevaron lo que antes hacían al mundo virtual del streaming, que crea la ilusión de vencer las barreras espacio-temporales. Haciendo patente la importancia de ese invento que no había dejado de modificar la manera de relacionarse de las gentes desde el momento en que apareció en escena, y que ahora era la única ventana hacia el mundo, hacia todo lo que estaba más allá de las ventanas de enfrente. A su vez había mucha gente que no tenía esa ventana hacia el mundo, que tenían la ventana de casa pero no la del mundo o que ni siquiera tenían la ventana de casa.

A su vez, aparecían delfines y aves en los canales de ciudades donde antes había turistas, selfies y souvenirs, disminuían los niveles de NO2 y las aguas se aclaraban. Aparecían jabalíes, ovejas, ciervos en las calles vacías. Los centros de las ciudades dejaban ver la multitud de casas que, acostumbradas a acoger gentes en tránsito, se habían quedado vacías. La gente en tránsito desapareció del mundo. Los cielos se quedaron sin aviones y los aviones sin pasajeros. Desaparecieron todas las fronteras, o más bien fueron iguales para todo el mundo porque sólo quedó una: la frontera entre la puerta de casa y la calle. Las casas se convirtieron en escenario de lo público. La vida pública ocurría en los balcones y en las redes. Todo el mundo conocía como eran las casa de los otros aunque no se conocieran de nada.El ejército estaba en las calles aunque no había guerra. En los espacios públicos había drones que le decían a la gente que volviera a sus casas. La policía hacía a tdxs la misma pregunta: ¿de dónde viene y adónde va?

Lxs niñxs (y también los adultos), sobreexcitados ante esta nueva realidad, intentaban comprender algo. Los padres y las madres, mientras intentaban compaginar el teletrabajo, los deberes y las manualidades, trataban de explicarles que no era sólo por ellxs sino que al quedarse en casa podían estar salvando vidas, vidas de las personas mayores, vidas de las personas enfermas, vidas de los más vulnerables. De repente, las vidas de las personas importaban mucho. De repente la solidaridad se erigía como un estandarte que ayudaba a paliar los efectos de un miedo tan antiguo como el comer que, aunque hubiera habido conatos de inmortalidad en una realidad paralela y virtual, nunca había dejado de estar presente: el miedo a la muerte. La promesa de que iban a durar mucho había borrado el simple hecho de que todxs morimos tarde o temprano. Este miedo generaba pánico y ayuda mutua. Y también risa. La risa es un antídoto contra el miedo. Ponía de manifiesto que la manera en que reacionamos ante circunstancias adversas nos dice algo de quiénes somos. También ponía sobre la mesa dilemas éticos y morales que cambian el paradigma de cómo se percibe el mundo, trayendo a escena otros grandes conocidos que aparecen con las decisiones a vida o muerte: la culpa y la vergüenza. Salvar a una persona y no a otra, salvarse a sí mismo y no a lxs otrxs, salvar a los otrxs por encima de todo, dejarlos morir sin poder hacer nada. Un espejo que ponía sobre la mesa preguntas fundamentales sobre la vida y la muerte, sobre la responsabilidad de los unxs con los otrxs, sobre lo que todo eso estaba tratando de decir.

El día en que se paró el mundo todo quedaba registrado. El viralismo fue más viral que nunca. Con todas las analogías posibles del término en todxs los campos. El mundo quería compartir lo que hacía en sus redes. Se oía un grito al unísono que decía: estoy aquí, no os olvidéis de que existo. Y no, no se podía parar, porque el organismo se había acostumbrado a seguir aunque se pare todo, aunque estemos profundamente enfermos, aunque el mundo se caiga a pedazos. Parar significa encontrarse con la bestia parda: el vacío. El vacío es el lugar de las palabras propias. El vacío es el lugar del silencio. Sabemos por las películas de ciencia ficción que en el espacio hay un silencio abismal. Un silencio donde lo que se escucha es el sonido que hacen las neuronas al pensar y la vibración del corazón bombeando sangre. El vacío es el lugar de la escucha.

Ante la impotencia que da la falta de control sobre la propia vida compartieron sus miedos e inquietudes de lo que no se puede controlar. Lo que no sabían, porque nunca se sabe en el presente, es lo que iba a venir después. En el presente sólo se intuye, se ficciona, se especula, se predice, se hace y sí, también se sabe, pero de otra manera, no el saber de las certezas. Aunque en las certezas que se afirman siempre hay espacio para un devernir relativo que las altere. En el presente se vive. Y este presente era una ruptura. Las rupturas traen múltiples posibilidades. Las rupturas con el orden establecido son grietas desde donde poder construir otros mundos. Las grietas, cuando se agarran, cuando se habitan, llevan consigo una renuncia: la renuncia a un pasado que no va a volver. Eso es un hecho. Y pretender volver a la normalidad como quien vuelve de un fin de semana en el campo es no haber comprendido mucho. La normalidad nunca ha sido normal. Después de las grietas no existe la normalidad. Las grietas llevan consigo una pérdida. Y todas las pérdidas requieren un duelo.

El día en que se paró el mundo se dejaron de fabricar cosas, la economía se tambaleaba y los mercados caían. Los gurús de la revolución digital se frotaban las manos al ver cómo el mundo tecnológico hiperconectado que habían deseado se hacía realidad. El banquete de los datos y de los individuos constantemente localizadis. A su vez tdxs daban gracias al universo deslocalizado por mantenerlxs conectadxs. Una de estas contradicciones de las distopías más distópicas y de la vida. Una constante de la vida es el abrazar una contradicción tras otra y qué mayor contradicción hay que darse cuenta de que se vive cuando se ve la muerte cerca.

Ya no era necesario hacer ninguna pieza que hablara sobre un futuro distópico. La distopía era el presente mismo. Llevaba un tiempo siendo así pero a veces es más fácil inventarse un relato. Un presente que había atravesado todas las performatividades posibles. De eso ya habían hablado muchxs antes pero esto superaba todas las teorías. Un presente convertido en una performance mundial a las ocho de la tarde en los balcones. La ferpormance mundial. Tanto que parecía un sueño. Es lo que pasa cuando la realidad irrumpe en la normalidad, que de tan real que es se vuelve irreal. Este presente era violento. La muerte es violenta. La muerte es un hecho de aceptación violenta.

El día en que se paró el mundo algunxs ya se habían imaginado que sería eso por lo que pararía. A partir de ese día 'eso' era de lo único que se hablaba. Estaba en boca de todxs. Se hablaba inluso del enemigo invisible. Se hablaba de soldados y de que era una guerra y otros términos bélicos que no tenían nada que ver con la realidad. Eso era otra cosa. Quizás fue por todos esos términos que se produjo una militarización de la situación y de los cuerpos. Algunas gentes incluso comenzaron a hacer de policías de la moral cuando veían gente que no se comportaba siendo ciudadanos responsables, sin tener en cuenta que esa misma realidad no afectaba de la misma manera a todo el mundo. No voy a hacerlo, no voy a nombrarlo, no voy a nombrar el por qué ese día se paró el mundo. No es necesario. Era una realidad común. Vivida de muchas maneras. Si fuese capaz de hacer este relato del presente, éste aunaría todas las voces de todas las vivencias posibles en los cuerpos de un suceso común. Pero como no soy capaz, porque ante lo que estamos es un presente contínuo, este relato es un fracaso desde el momento en que empecé a escribirlo que fue un 14 de Marzo de 2020. Perdonad la distancia, pero la distancia es un mecanismo de defensa ante lo que no se puede controlar ni comprender y el día en que se paró el mundo era también un modo de supervivencia. Así que me he trasladado hasta aquí, a este futuro cercano, a un futuro que no existe porque constantemente se convierte en presente. Este futuro que no existe pero existe es un futuro clandestino donde hay cercanía.

Aquí, desde este futuro cercano, que puede ser dentro de un rato, hoy de madrugada, o mañana o dentro de unas semanas cuando volvamos a las calles, me recuerdo que existo aunque no esté conectada virtualmente ni digitalmente con nada. Como no puedo desplazarme en el espacio me he desplazado en el tiempo, a este futuro cercano, a recordarme que lo que nos salva son los cuerpos de otrxs y que es en el cuerpo mismo donde tiene lugar la vida y que la vida siempre acaba abriéndose camino aún en las circunstancias más desfavorables. Aquí, están los glóbulos blancos que circulan por los fluídos corpóreos. Me he trasladado aquí porque en este lugar puedo comprender las cosas que ya han sucedido en el momento en que están sucediendo.

Life